Valancy Stirling
Valancy Stirling Una de las primeras señales de la llegada de la primavera fue el renacimiento de Lady Jane. Barney la hizo rodar por sendas que ningún otro coche se hubiese atrevido siquiera a contemplar, y atravesaron Deerwood llenos de barro hasta los ejes. Se cruzaron con varios Stirling, quienes se lamentaron y razonaron que ahora que había comenzado la primavera se encontrarían con ese par de desvergonzados por doquier. Valancy, dando un paseo por las tiendas de Deerwood, se cruzó por la calle con el tío Benjamin; pero él no se percató —hasta que no se hubo alejado dos manzanas— de que esa muchacha vestida con un mantón de cuello color escarlata, las mejillas arreboladas bajo la penetrante brisa de abril, y el flequillo de cabello oscuro sobre unos ojos risueños y rasgados, era Valancy. Cuando se dio cuenta, el tío Benjamin se indignó. ¿Qué motivo podía tener Valancy para parecer… parecer… una jovencita? El sendero que debía recorrer aquel que se rebelaba era severo. Debía serlo, según los principios religiosos y decentes. Y, a pesar de todo, la vida de Valancy no podía ser difícil. No tendría ese aspecto si lo fuese. Debía existir alguna equivocación. Casi bastaba para que un hombre se convirtiese en un progresista.