Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy se había quitado el sombrero y, distraídamente, hincaba un alfiler en él una y otra vez. Good Luck ronroneaba a su lado. Banjo observaba al doctor Redfern con desconfianza. Nip y Tuck graznaban perezosamente en los pinos. Mistawis se mostraba evocador. Todo era igual. Nada era igual. Habían transcurrido cien años desde el día anterior. Ayer, a esa misma hora y en ese mismo lugar, Barney y ella habían disfrutado entre risas de una comida tardía. ¿Risas? Valancy sintió que jamás volvería a sonreír. Ni a llorar, si vamos al caso. Ninguna de las dos cosas albergaba ya utilidad alguna para ella.
—Ojalá lo supiera, querida. Alguna tonta disputa, supongo. Bernie se marchó sin más… desapareció. Me escribió desde Yukón. Dijo que su compromiso estaba roto y que no iba a regresar; que no intentase localizarle porque jamás pensaba volver. No lo hice. ¿De qué serviría? Conocía a Bernie. Proseguí acumulando dinero porque era lo único que podía hacer. Pero me sentía profundamente solo. La única razón de mi existencia consistía en recibir de vez en cuando las breves notas de Bernie: Klondike, Inglaterra, Sudáfrica, China… desde cualquier parte. Pensaba que quizás algún día regresaría junto a su anciano y solitario padre. Entonces, hace seis años, dejé de recibir sus cartas. No volví a saber nada de él hasta las pasadas Navidades.
—¿Escribió?