Valancy Stirling
Valancy Stirling Valancy y Barney se volvieron bajo los pinos de tierra firme en el frÃo crepúsculo de una noche de septiembre, y se despidieron con la mirada del Castillo Azul.
Mistawis estaba anegado por la extraordinariamente delicada y esquiva luz violeta de la puesta de sol. Nip y Tuck graznaban perezosamente en los viejos pinos. Good Luck y Banjo se maullaban el uno al otro desde cestas separadas dentro del coche nuevo de Barney —de un color verde oscuro— de camino hacia la casa de la prima Georgiana, quien iba a cuidar de ellos hasta el regreso de Valancy y Barney. La tÃa Wellington, la prima Sarah y la tÃa Alberta también habÃan suplicado que les fuese concedido el privilegio de velar por ellos, pero le fue otorgado a la prima Georgiana. Valancy lloraba.
—No llores, Luz de Luna. Volveremos el próximo verano. Ahora nos vamos a disfrutar de una auténtica luna de miel.
Valancy sonrió a través de sus lágrimas. Se sentÃa tan feliz que esa felicidad la aterrorizaba. Pero, a pesar de los placeres que la aguardaban —la magnificencia de Grecia y la grandeza de Roma; el encanto del eterno Nilo; el glamour de la Riviera; las mezquitas, palacios y minaretes—, sabÃa que no habÃa lugar ni sitio ni casa en el mundo que pudiese poseer jamás el hechizo de su Castillo Azul.
