Valancy Stirling
Valancy Stirling En aquellos momentos, Barney Snaith tenía un aspecto aún menos recomendable que de costumbre. Era evidente que no se había afeitado desde hacía varios días, y sus manos y brazos —desnudos hasta los hombros— se veían negros de grasa. Pero silbaba alegremente y parecía tan feliz que Valancy envidió su suerte. Envidiaba su ligereza, su irresponsabilidad y su pequeña y misteriosa cabaña sobre una isla del lago Mistawis —e incluso su viejo Grey Slosson totalmente abollado. Ni él ni su coche tenían la necesidad de sentirse respetados ni acatar las tradiciones. Cuando algunos minutos más larde la rebasó por el camino con su retumbante Lizzie, con la cabeza descubierta y reclinada hacia atrás de un modo desenfadado, sus largos cabellos al viento, y una vieja y abominable pipa negra en la boca que le confería un aspecto malicioso, le envidió nuevamente. Definitivamente, los hombres se llevaban la mejor parte, no cabía duda. Aquel «forajido» era un muchacho dichoso, fuera lo que fuera y hubiera hecho lo que hubiera hecho. Ella, la respetable Valancy Stirling, eminentemente educada, era infeliz y siempre había sido desdichada. Y así estaban las cosas.