Valancy Stirling
Valancy Stirling Conocía de memoria la fealdad de su cuarto; la conocía y la detestaba. El suelo pintado de amarillo, con una espantosa alfombra de ganchillo junto a la cama, y un grotesco perro tejido en el centro que siempre le sonreía burlonamente cuando se despertaba. El papel pintado de color rojo oscuro, desvaído; el techo agrietado y descolorido por antiguas humedades; el estrecho palanganero, picudo y minúsculo; el ribete de papel marrón decorado con rosas de color púrpura; el viejo espejo, resquebrajado y manchado, colocado sobre un tocador tambaleante; un tarro lleno de antiguas flores secas confeccionado por su madre durante su mítica luna de miel; una caja cubierta de conchas, con una esquina dañada, elaborada por la prima Stickles en su igualmente mítica infancia; un acerico perlado que había perdido la mitad de sus abalorios; una única y rígida butaca amarilla; el antiguo y descolorido lema: «Ausente, pero no olvidada», tejido en hilos de colores bordeando el viejo rostro ceñudo de la bisabuela Stirling; y los viejos retratos de antepasados desterrados desde hacía largo tiempo de los cuartos inferiores. Había solo dos retratos que no correspondían a parientes. El primero, una reproducción descolorida de un pequeño perrito sentado en el umbral de una puerta, mojado por la lluvia. La visión de esa imagen entristecía siempre a Valancy. Ese pequeño y triste cachorrito se acurrucaba en el umbral bajo una tempestuosa lluvia. ¿Por qué nadie abría la puerta y le dejaba entrar? El otro cuadro era un descolorido grabado paspartú de la reina Luisa[1] descendiendo una escalera, que la tía Wellington le había regalado esplendorosamente por su décimo cumpleaños. Durante diecinueve largos años había contemplado y odiado a la hermosa, presumida y autosatisfecha reina Luisa; pero nunca se había atrevido a destruir o retirar el retrato. Su madre y la prima Stickles se habrían quedado estupefactas, o, como Valancy expresaba irreverentemente en sus pensamientos, habrían sufrido un ataque.
