Anne y su pequeño mundo

Anne y su pequeño mundo

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Era una de esas raras mujeres a quienes el tiempo respeta sus encantos. Había crecido y madurado, pero no envejecido. Las mayores de los Penhallow acostumbraban considerarla una niña aún, y las jóvenes la aceptaban como a una de ellas. Así y todo, Lucinda nunca se mostró aniñada. Todo su tacto y sentido del humor la libraban de caer en esa tentación. Era solamente una mujer hermosa y completamente formada a quien el tiempo había dado tregua; una joven en la madura juventud y con quien los años no tienen nada que hacer.

La señora de George quería y admiraba a Lucinda, y cuando aquélla quería y admiraba a una persona, tenía la inevitable necesidad de compartir sus opiniones sobre ella con el confidente más apropiado. En este caso la señora de George se dirigió hacia Romney Penhallow, a quien le dijo con dulzura:

—Realmente, ¿no le parece que nuestra Lucinda está admirablemente hermosa este otoño?

Tenía toda la apariencia de una pregunta inocente y bienintencionada y la pobre señora de George bien podía ser excusada por sentirse azorada ante el efecto que le hizo a Romney. Éste juntó sus largas piernas, se puso de pie y dio a su infortunada interlocutora un ejemplo del genio de los Penhallow.

—Lejos de mí diferir con la opinión de una dama, especialmente cuando se relaciona con otra —manifestó mientras abandonaba el salón azul.


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