Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Emily las miró fijamente durante todo un minuto en el que el silencio fue desdeñoso y elocuente. Luego, con aire de reina, atravesó la cocina y desapareció por la puerta de la salita, justo en el momento en que la tía Elizabeth subía los escalones de piedra con dignas disculpas por haberlas hecho esperar. La señorita Potter y la señora Ann Cyrilla estaban tan aturdidas que casi no pudieron hablar de las Damas de Beneficencia y se fueron, confusas, después de unas pocas preguntas y respuestas no muy coherentes. La tía Elizabeth no supo qué pensar y supuso que se habrían ofendido, tontamente, por haber tenido que esperar. Luego se olvidó del tema. Una Murray no se preocupaba por lo que hacían o pensaban las Potter. La puerta abierta del armario no reveló nada y no se enteró nunca de que, en la habitación del mirador, Emily estaba tendida boca abajo sobre la cama llorando desconsoladamente de vergüenza, furia y humillación. Se sentía humillada y lastimada. En un principio todo había sido resultado de su tonta vanidad, eso lo admitía, pero el castigo había sido demasiado severo.
No le importaba mucho lo que había dicho la señorita Potter, pero los aguijones de malicia de la señora Ann Cyrilla sí dolían. Antes le gustaba la señora Ann Cyrilla, tan bonita y agradable, tan amable, siempre diciéndole cumplidos. Había creído que la señora Ann Cyrilla la quería. ¡Y averiguar ahora que era capaz de hablar así de ella!