Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—No seas impertinente conmigo, Emilia. Quiero que entiendas, de una vez por todas que aquí no vas a hacer todo lo que se te antoje, como en la Luna Nueva. Has sido muy mal criada. Pero yo no voy a permitir que un muchacho contratado visite a mi sobrina. Te digo la verdad, no sé de dónde sacas esos gustos tan vulgares. Hasta tu padre parecía un caballero. Ve arriba y saca tus cosas del baúl. Luego estudiarás. ¡A las nueve de la noche nos acostamos!

Emily estaba indignadísima. Ni a la tía Elizabeth se le habría ocurrido prohibirle a Teddy ir a la Luna Nueva. Se encerró en su habitación y desempaqueto con tristeza. El cuarto era espantoso. Lo detestó nada más verlo. La puerta no cerraba del todo, el techo inclinado estaba manchado por la lluvia y caía tan cerca de la cama que podía tocarlo con la mano. Sobre el suelo desnudo había una gran alfombra «de ganchillo» que hacía daño a los ojos. No tenía nada que ver con el gusto de los Murray, y tampoco con el gusto de Ruth Dutton, para ser justos. Se la había regalado una prima del fallecido señor Dutton, que vivía en el campo. El centro, de un tono escarlata subido e intenso, estaba rodeado de volutas de un anaranjado brillante y un verde chillón. En las esquinas había manojos de helecho púrpura y rosas azules.


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