Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Esta tarde, como la tía Ruth no estaba, he tratado de averiguar hasta qué punto podía no hablarle a Andrew mientras seguía con mis pensamientos. He descubierto que puedo arreglármelas con muy pocas palabras: «sí», «no», en varias inflexiones, con una risita o sin ella, «no lo sé», «¿en serio?», «caramba», «qué bien», «¡qué maravilloso!», en-es-pe-cial esta última. Andrew seguía hablando y, cuando se interrumpía para respirar yo intercalaba un «maravilloso». Lo he hecho exactamente once veces. A Andrew le encantó. Sé que le daba la halagadora sensación de que él era maravilloso y su conversación maravillosa. Mientras tanto, he vivido una espléndida vida imaginaria de ensueño junto al río de Egipto en los tiempos de Ptolomeo I.

Así hemos sido muy felices los dos… Creo que volveré a intentarlo. Andrew es demasiado estúpido para darse cuenta.

Cuando ha vuelto a casa, la tía Ruth ha preguntado: «¿Qué? ¿Qué tal lo habéis pasado Andrew y tú?».

Pregunta lo mismo cada vez que él viene de visita. Yo sé por qué. Conozco el plan que han ideado los Murray, aunque no creo que ninguno de ellos lo haya dicho nunca.

«Estupendamente —he contestado—. Andrew está mejorando. Esta noche ha dicho una cosa inteligente y no tenía tantos pies y manos como de costumbre».


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