Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Cuando conseguí que el primo Jimmy olvidase sus preocupaciones, revisamos el catálogo Carlton y hablamos de qué sería mejor elegir por mis dos dólares. Planeamos una docena de combinaciones y lechos diferentes, y nos divertimos por valor de varios cientos de dólares, pero por fin nos decidimos por un lecho largo y estrecho lleno de aster blanco alrededor de una mata de espliego y, en las cuatro esquinas, aster rosado claro con algunos grupitos de púrpura oscuro en medio. Estoy segura de que quedará precioso y, cuando en septiembre mire esa belleza, pensaré: «¡Esto salió de mi cabeza!».

He dado otro paso en el Sendero Alpino. La semana pasada el Diario Femenino aceptó mi poema La Señora Viento y en pago me dieron dos suscripciones al Diario. Nada de dinero, pero ya llegará. Pronto tendré que empezar a ganar mucho dinero para pagarle a la tía Ruth cada centavo que le haya costado mi vida aquí. Entonces no podrá rezongar con el gasto que represento para ella. Casi no pasa un día en que no diga algo, del estilo «no, señora Beatty, lo lamento, pero este año no puedo dar tanto como antes para las misiones, mis gastos han aumentado mucho, ¿sabe?», «ah, no, señor Morrison, sus nuevos productos son hermosos pero esta primavera no puedo comprarme un vestido de seda», «habría que tapizar este sofá pero ni pensarlo hasta dentro de uno o dos años». Y así sigue.

Pero mi alma no le pertenece a la tía Ruth.


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