Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Tanta belleza no parece real —murmuró Emily—. Es tan hermoso que duele. Me da miedo hablar alto y que todo se desvanezca. Hoy nos sentimos ofendidas por aquel hombre espantoso y su charla de polÃtica, ¿verdad, Ilse? Bien, pues él no existe, no en este mundo, al menos. Oigo a la Señora Viento que corre con sus pisadas tan suaves por la colina. Siempre pensaré en el viento como en una personalidad. Es bravÃa cuando sopla desde el norte, solitaria cuando sopla desde el este, una muchacha sonriente cuando viene desde el oeste y esta noche, desde el sur, es un hada gris.
—¿Cómo se te ocurre pensar en esas cosas? —preguntó Ilse.
He aquà una pregunta que, por alguna razón misteriosa, siempre irritaba a Emily.
—No las pienso, vienen solas —respondió, concisa.
A Ilse no le gustó nada el tono.
—¡Por Dios, Emily, no seas tan extravagante! —exclamó.
Durante un segundo, el mundo maravilloso en el que Emily vivÃa en aquel momento tembló y se sacudió como una imagen en el agua. Y entonces…
—No discutamos en este lugar —imploró—. Una de las dos podrÃa tirar a la otra desde aquà arriba.