Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Se alegraba de que Ilse se hubiera quedado dormida. Cualquier compañía humana, aun la más querida y perfecta, sería ajena a ella en aquel momento. Se bastaba a sí misma; no necesitaba amor, camaradería ni ninguna emoción humana para completar su dicha. Estos momentos llegan rara vez en la vida, pero, cuando llegan, son maravillosos hasta lo indecible, como si lo finito fuera por un segundo infinito, como si por un instante la humanidad se elevara a divinidad, como si toda fealdad se hubiera desvanecido, dejando sólo una belleza incólume. Ay, la belleza, pensó Emily, estremeciéndose de éxtasis. Amaba la belleza, que aquella noche colmaba todo su ser. Temía moverse o respirar para no quebrar la corriente de belleza que la recorría. La vida parecía un instrumento maravilloso en donde se podían tocar armonías excelsas.

—¡Ah, Dios, hazme merecedora, hazme merecedora! —rezó. ¿Sería alguna vez merecedora de ese mensaje? ¿Se atrevería a llevar algo de la hermosura de ese «diálogo divino» al mundo cotidiano de sórdido mercantilismo y calles ruidosas? Debía darlo, no podía retenerlo para sí. ¿La escucharía el mundo, entendería, sería capaz de sentir? Sólo si ella era fiel a lo que se le encomendaba y daba lo que debía dar, sin consideraciones de culpa o alabanza. Suma sacerdotisa de la belleza, sí, ¡no serviría ante ningún otro altar!


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