Emily lejos de casa

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CAPÍTULO TRECE

Refugio

Cuando uno se ha quedado dormido, escuchando el himno de los dioses es una sorpresa desagradable despertarse por una ignominiosa caída de un pajar. Pero, al menos, se despertaron a tiempo para ver el amanecer por encima de Indian Head, lo cual valía el sacrificio de varias horas de quietud sin gloria.

—Además, jamás habría sabido lo exquisita que puede ser una telaraña salpicada de rocío —dijo Emily—. Mírala cómo cuelga entre esas dos briznas de hierba.

—Escribe un poema —se burló Ilse, a quien el susto había puesto de mal humor.

—¿Cómo está tu pie?

—Ah, estoy bien. Pero tengo los cabellos empapados de rocío.

—Yo también. Andaremos un rato sin sombrero y el sol nos secará pronto. Es mejor salir temprano. Podemos volver a la civilización a una hora en que sea prudente dejarnos ver. Sólo que el único desayuno que tenemos son las galletas que traje en la bolsa. No podemos salir a buscar algo para desayunar sin tener que explicar dónde hemos pasado la noche. Ilse, júrame que jamás mencionarás esta aventura a ningún ser viviente. Ha sido hermosa, pero seguirá siendo hermosa sólo mientras lo sepamos nosotras dos. Recuerda el resultado de haber contado nuestro baño a la luz de la luna.


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