Emily lejos de casa

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Anoche la señora Rogers nos invitó a la tía Ruth y a mí a conocer a su hermana y a su cuñado, el señor y la señora Herbert. La tía Ruth se puso en el pelo el tocado de los domingos, su vestido de terciopelo castaño que apestaba a naftalina y el gran broche ovalado con el pelo del tío Dutton; y yo me puse el vestido color ceniza de rosas y el collar de la princesa Mena y fuimos, estremecidas de entusiasmo, porque el señor Herbert es miembro del Gabinete y hombre que se mantiene de pie en presencia de reyes. Tiene una espesa cabellera gris y ojos que han mirado tanto dentro de los pensamientos de otras personas que uno tiene la incómoda sensación de que pueden verle el alma y adivinar motivos que no te confiesas ni a ti mismo. El rostro es bastante interesante. Las variadas experiencias de toda esa vida maravillosa están escritas en él. A primera vista se percibe que es un dirigente nato. La señora Rogers me sentó junto a él durante la cena. Yo tenía miedo de hablar, miedo de decir alguna tontería, miedo de cometer algún ridículo error. De manera que me quedé quietecita como un ratón, escuchándolo con devoción. Hoy la señora Rogers me ha dicho que, después que nos fuéramos, el señor Herbert dijo: «Esa niña Starr de la Luna Nueva es la mejor conversadora de su edad que he conocido en mi vida».

De modo que hasta los grandes estadistas… pero bueno, no quiero ser desagradable.


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