Emily lejos de casa
Emily lejos de casa «No se puede enseñar a los tontos con buenos modales», gruñó, cuando los miembros de la Comisión le dijeron que había quejas por su rudeza.
Tal vez fuera el reuma lo que hizo que el señor Carpenter fuera tan áspero con los poemas que le llevé para que me diera su opinión. Cuando leyó el que compuse aquella noche de abril en la cima de la colina, me lo tiró:
«Es una telaraña», dijo.
Y a mí me parecía que el poema expresaba en cierta medida el encantamiento de aquella noche. ¡Cómo puedo haber fallado! Después le di el poema que escribí cuando volví a casa, aquella misma noche. Lo leyó dos veces y después, deliberadamente, lo rompió en pedacitos.
«Ay, ¿por qué? —pregunté, algo molesta—. Ese poema no estaba tan mal, señor Carpenter».
«No en cuanto al cuerpo —replicó—. Cualquiera de esos versos, tomado individualmente, podía leerse en la Escuela Dominical. Pero el alma, ¿qué espíritu te embargaba cuando lo escribiste, por todos los cielos?».
«El espíritu de la Edad de Oro», respondí.