Emily lejos de casa
Emily lejos de casa El verano y el otoño se han ido. Me parece que se van con más rapidez que antes. La vara de San José en los rincones de la Tierra de la Rectitud se ha vuelto blanca y por las mañanas la escarcha se posa como un pañuelo de plata sobre la tierra. Los vientos de la noche que van «silbando por los valles desiertos» son buscadores desdichados que persiguen cosas que amaron y perdieron, llamando en vano a elfos y duendes. Porque, si no han huido todas a las tierras del sur, las hadas han de estar acurrucadas, dormidas en los corazones de los abetos o entre las raíces de los helechos.
Y todas las noches tenemos oscuros crepúsculos rojos que llamean en un carmín brumoso a través del puerto, con una estrella allá arriba como un alma salvada que mira, con ojos compasivos, pozos de tormento donde los espíritus pecadores se limpian de las manchas de su peregrinaje terrenal.
¿Me atrevería a enseñarle al señor Carpenter la oración que acabo de escribir? No. Por lo tanto, hay algo desastroso en ella.
Ya sé qué es, ahora que lo pienso con frialdad. Es «buen oficio». Sin embargo, es lo que sentí cuando estuve en la colina, más allá de la Tierra de la Rectitud y miré hacia el puerto. ¿Y a quién le importa lo que piense este viejo diario?
2 de diciembre de 19…