Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Cuando terminó el concierto, se fueron a casa. Nevaba mucho y se estaba levantando viento, pero los primeros cinco kilómetros se hicieron entre la protección de los árboles y no resultaron desagradables. Había una belleza salvaje y extraña en las hileras de árboles cubiertos por la nieve, erguidos a la pálida luz de la luna, detrás de las nubes de tormenta. Los cascabeles del trineo se reían del alarido del viento. Teddy manejaba sin dificultad los caballos del médico. Una o dos veces Emily tuvo la sospecha de que usaba sólo un brazo para guiarlos. Se preguntó si él se habría dado cuenta de que por primera vez ella llevaba los cabellos de verdad recogidos, en un suave «peinado griego» debajo del sombrero rojo. Emily volvió a pensar que había algo encantador en una tormenta.

Pero, cuando dejaron atrás los bosques, comenzaron los problemas. La tormenta se abatió sobre ellos con toda su furia. El camino de invierno atravesaba los campos, doblando, curvándose, bordeando bosquecitos de abetos, un camino «capaz de romperle la columna vertebral a una víbora», como dijo Perry. El sendero estaba casi borrado por la nevada y los caballos se enterraban hasta la rodilla. Habían recorrido menos de dos kilómetros cuando Perry silbó, desolado.

—No podremos llegar a Blair Water esta noche, Ted.


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