Emily lejos de casa

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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Una puerta abierta

La señorita Royal miró a Emily un segundo. Luego la tomó de la muñeca, cerró la puerta, la llevó de vuelta a la sala y la hizo sentar con firmeza en la poltrona. Una vez hecho esto, la señorita Royal se dejó caer en el diván embarrado y se echó a reír, largo y tendido. Una o dos veces se inclinó hacia adelante, le dio dos golpecitos en la rodilla a Emily, volvió a echarse hacia atrás y continuó riendo. Emily permaneció sentada, sonriendo ligeramente. Sus sentimientos habían estado demasiado turbados para permitirse las convulsiones de alegría de la señorita Royal, pero ya le brillaba en la cabeza un bosquejo para su cuaderno. Mientras tanto, el perro blanco, que había deshecho el tapete, vio otra vez a la gata y salió corriendo en su persecución.

Por fin la señorita Royal se sentó derecha y se secó los ojos.

—¡Ay, esto no tiene desperdicio, Emily Byrd Starr, no tiene desperdicio! ¡Ah! Cuando tenga ochenta años recordaré esto y me moriré de risa. ¿Quién va a escribirlo, tú o yo? Pero ¿de quién es esa bestia?

—No tengo la menor idea —respondió Emily, tímida—. Yo no lo había visto nunca.


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