Emily triunfa
Emily triunfa «Mis días de risas han pasado», se decía Emily. Y sus días de creación también. No pudo volver a escribir. El «destello» no volvió. Ningún arco iris atravesaba la tristeza de ese invierno terrible. La gente iba continuamente a verla. Ella deseaba que no fueran. En especial el tío Wallace y la tía Ruth, que estaban seguros de que no volvería a caminar y lo decían cada vez que iban. Pero ellos no eran tan terribles como las visitas que aparentaban alegría y la certeza de que con el tiempo se curaría del todo, pero que no creían ni una palabra de lo que decían. Ella no había tenido ningún amigo fuera de Dean, Ilse y Teddy. Ilse le escribía todas las semanas y en sus cartas trataba, demasiado obviamente, de darle aliento. Teddy le escribió una vez, cuando se enteró del accidente. La carta era muy amable, con mucho tacto y sinceramente condolida. A Emily le pareció la carta que podría haberle escrito cualquier conocido que la estimara y, en consecuencia, no le respondió, aunque él le pedía que le contara cómo seguía. No hubo más cartas. No había nadie más que Dean. Él no le había fallado nunca; nunca le fallaría. A medida que pasaban aquellos interminables días de tormentas y de tristeza, ella se volvía hacia él cada vez más. En aquel invierno de dolor, sintió que se volvía tan vieja y tan sabia que al fin los dos se encontraron en igualdad de condiciones. Sin él la vida era sombría, un desierto gris sin colores ni música. Cuando él venía, el desierto, por lo menos por un rato, florecía como la rosa de la dicha, y mil florecillas de fantasía, de esperanza y de ilusión, desparramaban sus guirnaldas.