Emily triunfa

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Volvieron las viejas risas. El primer día que en la Luna Nueva se oyó la risa de Emily, Laura Murray, cuyos cabellos en ese invierno habían pasado del color ceniza al color de la nieve, fue a su habitación y se arrodilló junto a la cama para dar gracias a Dios. Y mientras ella estaba allí arrodillada, Emily hablaba a Dean sobre Dios, en el jardín, en uno de los crepúsculos primaverales más hermosos que pueda imaginarse, con una pequeña luna creciente en medio.

—Este invierno hubo momentos en los que he sentido que Dios me odiaba. Pero ahora vuelvo a estar segura de que Él me ama —dijo, con suavidad.

—¿Muy segura? —preguntó Dean, con sequedad—. Yo creo que Dios está interesado en nosotros, pero que no nos ama. Le gusta mirarnos a ver qué hacemos. Tal vez le divierta ver cómo nos retorcemos.

—¡Qué concepto tan espantoso de Dios! —exclamó Emily, estremeciéndose—. No puedes creer en serio eso de Dios, Dean.

—¿Por qué no?

—Porque entonces Dios sería peor que el diablo, un Dios que sólo pensara en su propia diversión, sin siquiera la justificación del diablo de odiarnos.

—¿Quién te torturó todo el invierno con dolores físicos y angustias mentales? —preguntó Dean.


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