Emily triunfa
Emily triunfa Porque Emily había cambiado. El primo Jimmy y la tía Laura lo sabían, aunque nadie más parecía haberse dado cuenta. A menudo, tenía una extraña inquietud en los ojos. Y a su risa le faltaba algo. No era tan rápida ni tan espontánea como antes. Se había convertido prematuramente en mujer, pensó la tía Laura con un suspiro. ¿Había sido la espantosa caída por la escalera de la Luna Nueva la única causa? ¿Era feliz Emily? La tía Laura no se atrevía a preguntar. ¿Amaba a Dean Priest, con quien se casaría en junio? Laura no lo sabía, pero sí sabía que el amor no es algo que pueda generarse con un gesto del pulgar del intelecto. También sabía que una muchacha tan feliz como debería serlo una muchacha comprometida no pasa tantas horas paseándose por su dormitorio cuando tendría que estar durmiendo. Esto no se explicaba por el hecho de que Emily pensara argumentos para sus cuentos. Emily había dejado de escribir. En vano la señorita Royal escribía cartas con súplicas o reconvenciones desde Nueva York. En vano el primo Jimmy dejaba, a intervalos y sin ser visto, nuevos cuadernos sobre su escritorio. En vano Laura sugería, tímidamente, que era una lástima no seguir con algo cuando se ha comenzado tan bien. Ni siquiera la desdeñosa afirmación de la tía Elizabeth de que ella siempre había sabido que Emily se cansaría de escribir («la volubilidad de los Starr, te das cuenta») consiguió que Emily retomara la pluma. No podía escribir; nunca intentaría volver a escribir.