Emily triunfa
Emily triunfa Tenía consigo la llave de la Casa Desilusionada. No había ido desde noviembre y quería verla, quería ver su casa hermosa, deseable, expectante. Su casa. En medio de su encanto y su cordura, las dudas y los miedos vagos y horribles, se desvanecerían. Volvería el espíritu de aquel verano feliz. Se detuvo ante el portón del jardín para mirar con amor aquella querida casita, cobijada por los viejos árboles que suspiraban suavemente como habían suspirado ante sus ensueños infantiles. Más allá, el lago de Blair Water estaba gris y enfurruñado. Emily amaba el lago en todos sus cambios: su brillo en el verano, su plata a la hora del crepúsculo, su milagro a la luz de la luna, sus hoyuelos en época de lluvia… y lo amaba ahora, oscuro y pensativo. Había una especie de aguda tristeza en ese paisaje enfurruñado y expectante que la rodeaba como si… la vieja fantasía se le cruzó por la cabeza… como si le tuviera miedo a la primavera. ¡Cómo la atormentaba esta idea del miedo! Levantó la mirada más allá de las agujas de los álamos de Lombardía de la colina. Y, descubierta por una súbita brisa que separó las nubes, brilló una estrella: Vega de la Lira.