Emily triunfa
Emily triunfa Todos los Murray opinaron según su particular idiosincrasia, pero, por alguna razón, el dictamen de Andrew fue el que más veneno dejó en el espíritu herido de Emily. Andrew había aprendido una palabra en algún lado: dijo que Emily era «temperamental». La mitad de los Murray ignoraba lo que significaba, pero se abalanzaron sobre la palabrita. Emily era «temperamental», así de sencillo. Lo explicaba todo, y de allí en adelante se le pegó como las espinas de un cardo. Si escribía un poema, si no le gustaba el pastel de zanahoria cuando a todo el resto de la familia sí le gustaba, si no llevaba el cabello recogido cuando todo el mundo lo llevaba así, si gustaba de las caminatas solitarias por las colinas a la luz de la luna, si algunas mañanas parecía haber pasado la noche en vela, si se le ocurría estudiar las estrellas con unos prismáticos, si se murmuraba que la habían visto bailando sola a la luz de la luna en medio de un campo de heno de la Luna Nueva, si se le llenaban los ojos de lágrimas simplemente al ver algo hermoso, si prefería estar en el «viejo huerto» en lugar de en un baile en Shrewsbury…, todo era porque era temperamental. Emily se sentía sola en un mundo hostil. Nadie, ni siquiera la tía Laura, la comprendía. Hasta Ilse le escribió una carta bastante extraña, en la cual cada oración contradecía alguna otra, y que dejó a Emily con una desagradable y confusa sensación de que Ilse la quería tanto como siempre, pero que ella también la consideraba «temperamental». ¿Ilse podría haber sospechado, por azar, que tan pronto Perry Miller se enteró de que «todo había terminado» entre Dean Priest y Emily Starr, había vuelto a la Luna Nueva a pedirle que se casara con él? Emily lo había despachado pronto, de una manera que hizo jurar a Perry, irritado, que ya había terminado con aquella mona orgullosa. Pero ya lo había jurado muchas veces.