Emily triunfa
Emily triunfa Esta tarde he estado recogiendo fresas en la orilla del lago de Blair Water, entre las aromáticas hierbas que sacudÃa el viento. Me encanta recoger fresas. Es una tarea que tiene algo de juventud eterna. Los dioses han de haber recogido fresas en el alto Olimpo sin herir su dignidad. Una reina, o un poeta, pueden agacharse para hacerlo; para un mendigo es un privilegio.
Y esta noche he estado sentada aquÃ, en mi querida habitación, con mis queridos libros y mis queridos cuadros y mi querida ventanita con sus paneles torcidos, soñando en el atardecer suave y aromático del verano, cuando los petirrojos se llaman en el bosque de John el Altivo y los álamos hablan, espectralmente, de cosas antiguas y olvidadas.
Después de todo, el mundo no es tan malo, y las personas que lo habitan tampoco son tan malas. Hasta Emily Byrd Starr es pasable a ratos. No es del todo la perversidad falsa, voluble, desagradecida que ella cree ser a altas horas de la noche, ni tampoco la doncella olvidada y sin amigos que imagina ser en sus noches en vela, como tampoco la fracasada que amargamente supone que es cuando le rechazan tres manuscritos seguidos. Y tampoco la cobarde que se siente cuando piensa que en julio Frederick Kent viene a Blair Water.