Emily triunfa
Emily triunfa 1
17 de noviembre de 19…
Hay dos adjetivos que no se separan nunca cuando se trata de un día de noviembre: «apagado» y «melancólico». Unieron sus destinos en los albores del idioma y no me corresponde a mí divorciarlos ahora. En consecuencia, este día ha sido apagado y melancólico, por dentro y por fuera, material y espiritualmente.
Ayer no fue tan malo. Hubo un cálido sol otoñal y el gran montón de calabazas del primo Jimmy parecía un hermoso remanso de color en contraste con los viejos graneros grises y el valle del arroyo que devolvía la suavidad del oro tardío y sin hojas de los enebros. Caminé en medio de la tarde y del extraño encanto de los bosques de noviembre, aún hermosos, y otra vez, al anochecer, a la media luz de un crepúsculo de otoño. El día era benigno y estaba envuelto en una gran quietud gris, reflexiva, una quietud de campos sin vientos y de colinas tranquilas, una quietud atravesada, sin embargo, por hermosos sonidos pequeños y fantasmales que yo alcanzaba a oír si escuchaba con el alma y también con los oídos. Más tarde, hubo una procesión de estrellas y recibí un mensaje de ellas.
