Emily triunfa

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La tarde de hoy ha sido esplendorosa, con la suavidad del verano y la dulzura del otoño. Me he sentado a leer un rato larguísimo en el cementerio, junto al estanque. A la tía Elizabeth le parece un lugar muy grotesco para sentarse y dice a la tía Laura que teme que haya una tendencia morbosa en mí. Yo no le encuentro nada de morboso. Es un lugar hermoso donde siempre los vientos vagabundos que cruzan el lago de Blair Water traen dulces aromas silvestres. Y es tan tranquilo y apacible…, con todas las viejas tumbas a mi alrededor, pequeñas elevaciones verdes salpicadas por pequeños helechos. Hombres y mujeres de mi casa yacen allí. Hombres y mujeres que han sido victoriosos; hombres y mujeres que han sido vencidos, y sus victorias y sus derrotas son ahora una sola cosa. Allí nunca puedo sentirme ni muy exultante ni muy deprimida. Todo pierde, tanto los sabores como los sinsabores. Me gustan las viejísimas losas de arenisca roja, en especial la de Mary Murray, con su «Aquí me quedo», la inscripción en la que su esposo puso todo el encono escondido a lo largo de su vida. La tumba de él está al lado y estoy segura de que hace mucho que se han perdonado. Y tal vez a veces vuelvan, en medio de la oscuridad lunar, miren la inscripción y se rían. El musgo está empezando a ocultarla. El primo Jimmy ya no la limpia. Algún día la cubrirá del todo y no quedará más que una mancha roja, verde y plateada sobre la vieja losa.


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