Emily triunfa
Emily triunfa En medio del cálido ámbar de la tarde, Emily estaba de pie en la escalera de piedra de la Luna Nueva, mirando con ojos ávidos el suave encanto del año que se desvanecía. Casi todos los árboles habían perdido las hojas, pero un pequeño abedul, aún ataviado de oro, se asomaba entre los jóvenes abetos rojos (como un abedul Danaë a la sombra de éstos) y los álamos de Lombardía del sendero parecían una hilera de grandes velas doradas. Más allá estaba el campo de la colina, agostado y envuelto en tres cintas de rojo brillante: los «lomos» arados por el primo Jimmy. Emily había pasado todo el día escribiendo y estaba cansada. Bajó al cenador del jardín, con sus enredaderas, y se puso a merodear por él, decidiendo dónde plantar los nuevos bulbos de tulipanes. Aquí, en esta tierra rica y húmeda donde el primo Jimmy había quitado, hacía poco, los antiguos escalones rotos. A la primavera siguiente habría un lecho repleto de imponentes cálices. El tacón de Emily se hundió en la tierra húmeda y salió con barro adherido. La muchacha se acercó al banco de piedra y se limpió el barro con un palito. Algo cayó sobre la hierba y refulgió como una gota de rocío. Emily lo levantó con un grito de sorpresa. Allí, en su mano, estaba el Diamante Perdido, perdido hacía más de sesenta años, cuando la tataratía abuela Miriam Murray había ido al cenador.