Emily triunfa
Emily triunfa ¿Sola? Pues sí. El amor y la amistad se habían ido para siempre. No le quedaba más que la ambición. Emily se dispuso a trabajar con toda el alma. La vida volvía a seguir su antiguo curso. Año tras año, las estaciones pasaban frente a su puerta. Valles salpicados de violetas en la primavera, las páginas en flor del verano, los abetos juglares del otoño, los fuegos pálidos de la Vía Láctea en las noches de invierno, los suaves cielos de lunas nuevas de abril, la traviesa belleza de los oscuros álamos bajo la luna temprana, las honduras del mar que llamaban a las profundidades del viento, las solitarias hojas amarillas que caían en los atardeceres de octubre, la luz de la luna entretejida en el huerto. Ah, todavía había belleza en la vida, siempre la habría. Una belleza inmortal, indestructible más allá de las manchas y la niebla de la pasión mortal. Emily vivió algunas gloriosas horas de inspiración y realizaciones. Pero la mera belleza que en un tiempo había dado satisfacción a su alma no podía ya satisfacerla por completo. La Luna Nueva no había cambiado, no había sufrido los cambios que ocurrían en otras partes. La señora Kent se había ido a vivir con Teddy y vendieron la vieja Tansy Patch a un hombre de Halifax que la quería como casa de verano. Perry fue, a Montreal un otoño y volvió con Ilse. Vivían felices en Charlottetown, donde Emily los visitaba a menudo, eludiendo con astucia las trampas matrimoniales que Ilse siempre le tendía. La familia ya había dado por hecho que Emily no se casaría.