Emily triunfa
Emily triunfa Desde octubre hasta abril Emily Starr estuvo en la cama o en el diván de la sala de estar, observando el interminable viaje de las nubes arrastradas por el viento por encima de las largas colinas blancas o la fría belleza de los árboles en invierno, alrededor de los serenos campos nevados, preguntándose si volvería a caminar, o si volvería a caminar como una desdichada tullida. Tenía una herida en la espalda sobre la cual los médicos no lograban ponerse de acuerdo. Uno decía que no tenía importancia y que con el tiempo desaparecería. Otros dos sacudían la cabeza y tenían miedo. Pero todos estuvieron de acuerdo con respecto al pie. Las tijeras habían dejado dos heridas crueles, una junto al tobillo y otra en la planta del pie. Se gangrenaron. Durante días Emily luchó entre la vida y la muerte y luego entre la apenas menos terrible alternativa de muerte o amputación. La tía Elizabeth lo impidió. Cuando todos los médicos estuvieron de acuerdo en que era la única manera de salvarle la vida a Emily, ella dijo, adusta, que no era la voluntad del Señor, según la entendían los Murray, que se les cortaran los miembros a los seres humanos. No pudieron moverla de aquella posición. Las lágrimas de Laura, los ruegos del primo Jimmy, las maldiciones del doctor Burnley y la conformidad de Dean Priest no la movieron ni un milímetro. No le cortarían el pie a Emily. Y no se lo cortaron. Cuando Emily se recuperó, entera, la tía Elizabeth se sintió triunfadora y el doctor Burnley confundido.