Emily triunfa
Emily triunfa Emily no sabía qué habría hecho sin Dean ese invierno. Él renunció a su invariable viaje de todos los inviernos y se quedó en Blair Water para estar cerca de ella. Pasaba los días con ella, leyéndole, hablándole, alentándola, sentados en medio del silencio de una compañía perfecta. Cuando él estaba, Emily se sentía capaz de enfrentarse a toda una vida de invalidez. Pero durante las largas noches en que el dolor lo borraba todo, no podía soportarlo. Incluso, aunque no tuviera dolores, pasaba las noches sin dormir, noches terribles, cuando el viento gemía lúgubre entre las ventanas de la vieja casa o perseguía ligeros fantasmas de nieve por las colinas. Cuando dormía, soñaba, y en sus sueños siempre subía escaleras sin poder llegar nunca arriba, desde donde la llamaba un extraño silbido (dos notas altas y una baja) que retrocedía a medida que ella avanzaba. Era mejor estar despierta que tener aquel espantoso sueño recurrente. ¡Ah, noches amargas! En otro tiempo Emily había pensado que el versículo de la Biblia que dice que no había noche en el cielo no era una promesa atractiva. ¿No hay noche? ¿No existía la suave penumbra iluminada por las estrellas? ¿Ni el blanco sacramento de la luna? ¿Ni el misterio de las sombras aterciopeladas y la oscuridad? ¿Ni el siempre maravilloso milagro del amanecer? La noche era tan hermosa como el día y el cielo no podía ser perfecto sin ella.