El naufragio del Titán
El naufragio del Titán Cierta mañana, dos meses despuĂ©s de conocerse el accidente del Titán, el Sr. Meyer estaba sentado en su escritorio del departamento escribiendo frenĂ©ticamente, cuando el anciano que se habĂa lamentado por la muerte de su hijo en la Oficina de Inteligencia entrĂł con paso vacilante y se sentĂł junto a Ă©l.
—Buenos dĂas, Sr. Selfridge —dijo, sin levantar apenas los ojos—. Supongo que ha venido por el pago del segurro. Ya han pasado los sesenta dĂas.
—SĂ, sĂ, Sr. Meyer —dijo el anciano, fatigado—. Por supuesto, como simple accionista no puedo tomar parte activa; pero soy un miembro aquĂ, y algo angustiado, naturalmente. Todo lo que tenĂa en este mundo —incluyendo a mi hijo y a mi nieta— estaba en el Titán.
—Es muy triste, Sr. Selfridge; le compadezco profundamente. Tengo entendido que es usted el mayor accionista del Titán, con cien mil acciones, aproximadamente, ¿no es as�
—Más o menos. —Yo soy el principal asegurrador, asà que, Sr. Selfridge, esta batalla va a librarse básicamente entre usted y yo.
—¿Batalla? ¿Es que va a haber algún problema? —preguntó el Sr. Selfridge, angustiado.
