Utopía

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—No se puede zanjar así la cuestión —repliqué—. ¿Es que podemos olvidarnos de los que vuelven mutilados a casa, tanto de las guerras civiles como con el extranjero? ¿Es que ignoras que muchos soldados perdieron uno o varios miembros en la batalla de Cornualles y anteriormente en las campañas de Francia? Estos hombres mutilados por su rey y por su patria ya no pueden hacer las cosas que antes hacían. La edad, por otra parte, no les permite aprender nuevos oficios. Pero vamos a olvidarnos de éstos, ya que las guerras no son de todos los días. Detengámonos en casos que ocurren todos los días. Ahí están los nobles cuyo número exorbitado vive como zánganos a cuenta de los demás. Con tal de aumentar sus rentas no dudan en explotar a los colonos de sus tierras, desollándolos vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mendacidad, es el único tipo de administración que conocen. Pero además, se rodean de hombres haraganes que nunca se han preocupado de saber ni aprender ningún modo de vivir y trabajar. Si muere el patrón o si alguno de ellos enferma, son inmediatamente despedidos. Estos nobles prefieren alimentar a vagos que cuidar enfermos. Con frecuencia, el heredero del difunto no tiene fondos de inmediato para dar de comer al ejército de vagos. En tal caso o la gente se prepara a pasar hambre negra o se dedica con saña al robo ¿Les queda otra salida? Yendo de una parte a otra empeñan su salud y sus vestidos. Ya no hay noble que acoja a estos hombres escuálidos por la enfermedad y vestidos de harapos. Los mismos campesinos desconfían de quienes han vivido en la molicie y los placeres y son diestros en el uso de la espada y la adarga. Saben que miran a todos con aire fanfarrón y no se prestan fácilmente a manejar el pico y el azadón, sirviendo al pobre labrador por una comida frugal y un salario ruin.


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