Utopía

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—Pero esto no es todo —me contestó él—. Supongamos que los consejeros discuten y arbitran los medios de enriquecer el tesoro. Si hay que hacer algún pago, uno le aconseja que aumente el valor de la moneda. Por el contrario, si hay que cobrar, su consejo es que la rebaje. De esta manera con poco se cubre mucho y se recibe mucho a cargo de poco. Una guerra simulada —le aconseja otro— es motivo sobrado para recaudar dinero. Conseguido éste y, en el momento considerado más oportuno, se firma una paz honrosa, celebrando la hazaña con ceremonias religiosas que lleven al ánimo del pueblo que el rey odia la sangre derramada y que está inclinado a la clemencia. Mientras tanto, otro le recuerda ciertas leyes antiguas y normas en desuso, roídas por la polilla. Ya nadie se acuerda de ellas, y, por tanto, todos las quebrantan. ¿Puede haber ingreso más saneado para el Estado, ni razón más honorable? Bajo la máscara de justicia, y en su nombre, exíjanse las multas correspondientes. Hay todavía otro que sugiere la prohibición, bajo pena de graves multas, de una serie de actividades, sobre todo, aquellas que perjudican al pueblo. Para autorizarlas exíjase una gruesa cantidad a los interesados en ejercerlas. De esta manera se obtienen beneficios por partida doble: el pueblo queda convencido de la buena voluntad del príncipe, y los interesados que pagaron primero las multas, pagarán después por la compra de las licencias. Y éstas serán tanto más caras cuanto mejor sea el príncipe que así las restringe. Pues está claro que no autoriza nada contra el bienestar del pueblo, si no es a costa de una fuerte suma de impuestos. Otro, finalmente, recomienda al rey el tener de su parte a los jueces, con el fin de que en todas las causas dicten a su favor. A tal efecto, habrá que traerlos a palacio, e invitarlos a que discutan ante el propio rey sus problemas. Por mala que sea una causa real siempre habrá alguien dispuesto a defenderla. El gusto de llevar la contraria, el afán de novedad o el deseo de ser grato al rey, hará que siempre se encuentre alguna grieta por donde intentar una defensa. El resultado es que lo que estaba clarísimo en el principio queda embrollado en las discusiones contradictorias de los sesudos varones. La verdad queda en entredicho, dando al rey la oportunidad para interpretar el derecho a su favor. Por supuesto, que el miedo o la vergüenza harán doblegarse a los jueces, lo que permitirá obtener fácilmente en el tribunal una sentencia favorable al rey. Nunca han de faltar razones a los jueces para dictar sentencia a favor del rey: les basta, en efecto, invocar la equidad, o la letra de la ley, o el sentido derivado de un texto oscuro. O también, eso que los jueces escrupulosos valoran más que todas las leyes, a saber, la indiscutible prerrogativa real. Mientras, todos están de acuerdo y comulgan, con la sentencia aquella de Craso: «No hay bastante dinero para pagar a un Rey, que ha de mantener a un ejército». «Por más que se lo proponga, un rey nunca obra injustamente». Todo le pertenece, incluso las personas. Cada uno tiene lo que la liberalidad del rey no le ha confiscado. Importa, pues, al rey, ya que en ello estriba su seguridad, que el pueblo posea lo menos posible, a fin de que no se engría con sus bienes y libertad. Pues tanto la riqueza como la libertad hacen aguantar con menos paciencia las leyes duras e injustas. Por el contrario, la indigencia y la miseria embotan los ánimos y quitan a los oprimidos el talante de la libertad.


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