Utopía
Utopía Verdaderamente que a los ojos de aquellos de Utopía que no habían salido nunca de su país (que eran casi todos, excepto algunos que habían viajado por otros países por causa justa) aquella hermosura y esplendor aparatoso les parecía cosa afrentosa, de manera que a los criados más humildes les tomaban por los señores y les saludaban con mucha reverencia, y juzgando que los Embajadores eran esclavos por las muchas cadenas, sortijas y oro que llevaban, les dejaban pasar sin hacerles cortesía alguna.
Qué más diré, sino que pude observar que unos niños que ya habían dejado sus dijes y adornos de pedrería, al observar la cabeza de los Embajadores con sombreros y gorras llenos de joyas, decían a sus madres, dándoles con el codo:
—Madre, mira a este tonto que va cargado de perlas y joyas como si fuera un niño.
Ellas replicaban, muy serias:
—Calla, que éste debe ser uno de los bufones de los Embajadores.
Otros hacían comentarios acerca de las cadenas de oro, diciendo que no eran de ningún provecho, ya que eran tan delicadas que el esclavo podía romperlas con extrema facilidad, y tan flojas que cuando quisieran escapar podrían desprenderse de ellas y huir de la prisión.