Piense y hágase rico
Piense y hágase rico ¿La palabra justa? ¡Deseo! Mucho más que ninguna otra cosa, yo deseaba que mi hijo no fuera sordomudo. De ese deseo no renegué jamás, ni por un segundo.
¿Qué podÃa hacer? EncontrarÃa alguna forma de trasplantar a ese niño mi propio deseo ardiente de dar con maneras y medios de hacer llegar el sonido a su cerebro sin la ayuda de los oÃdos.
Tan pronto como el niño fuese lo bastante mayor para cooperar, le llenarÃa la cabeza de tal manera de ese deseo ardiente, que la naturaleza lo traducirÃa en realidad con sus propios métodos.
Todos estos pensamientos pasaron por mi mente, pero no hablé de ello con nadie. Cada dÃa renovaba la promesa que me habÃa hecho a mà mismo de que mi hijo no serÃa sordomudo.
Cuando creció y empezó a percibir las cosas que lo rodeaban, notamos que mostraba débiles indicios de que oÃa. Cuando alcanzó la edad en que los niños suelen empezar a emitir palabras, no hizo intento alguno de hablar, pero de sus actos podÃamos deducir que percibÃa ciertos sonidos. ¡Eso era todo lo que yo querÃa saber! Estaba convencido de que, si podÃa oÃr, aunque fuese débilmente, serÃa capaz de desarrollar una mayor capacidad auditiva. Entonces sucedió algo que me llenó de esperanza. Surgió de algo totalmente inesperado.
UN «ACCIDENTE» QUE CAMBIÓ UNA VIDA