Piense y hágase rico
Piense y hágase rico Cuatro hombres sopesaron esos esquemas durante toda la noche. El jefe, por supuesto, era Morgan, firme en su credo del derecho divino del dinero. Con él estaba su socio aristocrático, Robert Bacon, un erudito y un caballero. El tercero era John W. Gates, a quien Morgan tachaba de apostador y utilizaba como herramienta. El cuarto era Schwab, que sabÃa más sobre el proceso de elaborar y vender acero que cualquier grupo de hombres de su época. A lo largo de aquella conferencia, los esquemas del hombre de Pittsburgh no se cuestionaron nunca. Si él decÃa que una compañÃa valÃa tanto, asà era, y punto. También insistió en incluir en la combinación sólo las empresas que él tenÃa nominadas. HabÃa concebido una corporación sin dobleces, donde ni siquiera quedaba lugar para satisfacer la codicia de amigos que deseaban descargar sus compañÃas sobre los anchos hombros de Morgan.
Al amanecer, Morgan se puso de pie y se desperezó. Sólo quedaba un asunto pendiente.
—¿Cree que puede persuadir a Andrew Carnegie de vender? —preguntó.
—Puedo intentarlo —repuso Schwab.
—Si usted consigue que venda, me comprometeré en todo este asunto —aseguró Morgan.