Aurelia o El sueno y la vida

Aurelia o El sueno y la vida

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V

Allí, mi mal reapareció con diversas alternativas. Al cabo de un mes me alivié. Durante los dos meses que siguieron, reanudé mis peregrinaciones en torno a París. El viaje más largo que emprendí fue para visitar la catedral de Reims. Poco a poco, volví a escribir y compuse una de mis mejores novelas. Sin embargo, la escribí penosamente, casi toda a lápiz, sobre hojas sueltas, siguiendo el azar de mis ensueños o de mis paseos. Las correcciones me excitaron mucho. Pocos días después de haberla publicado, me sentí presa de un insomnio persistente. Iba a pasearme toda la noche sobre la colina de Montmartre hasta ver levantarse el sol. Conversaba largamente con los campesinos y los obreros. Otras veces, me dirigía hacia los mercados. Una noche fui a cenar a un café del bulevar y me divertí en tirar al aire monedas de oro y plata. Fui en seguida al mercado y reñí con un desconocido, a quien di un fuerte bofetón; no sé cómo aquello no tuvo ninguna consecuencia. A determinada hora, oyendo sonar el reloj de San Eustaquio, me puse a pensar en las luchas entre los de Borgoña y de Armañac, y creía ver elevarse en torno mío a los fantasmas de los combatientes de esa época. Disputé con un cartero que llevaba sobre el pecho una placa plateada, y que según decía yo, era el duque Juan de Borgoña. Quería impedirle entrar en una taberna. Por una singularidad que no podía explicarme, viendo que lo amenazaba de muerte, su rostro se bañó en lágrimas. Me sentí conmovido y lo dejé pasar.


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