Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Esa vida nueva tuvo para mí dos fases. He aquí las notas que se refieren a la primera. Había perdido a una dama a quien amaba hacía largo tiempo y a quien llamaré Aurelia. Poco importan las circunstancias de ese acontecimiento que debía de tener una influencia tan grande sobre mi vida. Cada uno puede buscar en sus recuerdos la emoción más lacerante, el golpe más terrible asestado al alma por el destino; es preciso resolverse entonces a morir o a vivir: más tarde diré por qué no escogí la muerte. Condenado por quien yo amaba, culpable de una falta de la que no esperaba ya perdón, sólo me restaba precipitarme en las embriagueces vulgares; fingí la alegría y la indiferencia, corrí el mundo, locamente apasionado de variedad y capricho; me atraían principalmente los trajes y las costumbres extravagantes de las poblaciones lejanas, me parecía que desalojaba así las condiciones del bien y del mal; los términos, diré, de lo que es sentimiento para nosotros los franceses. «¡Qué locura», me decía, «amar así, con un amor platónico a una mujer que ya no nos ama! Es culpa de mis lecturas; he tomado en serio las invenciones de los poetas y me he hecho una Laura o una Beatriz de una persona ordinaria de nuestro siglo… Pasemos a otras intrigas, y ésta se olvidará pronto». El aturdimiento de un alegre carnaval en una ciudad de Italia ahuyentó todas mis ideas melancólicas. Era tan feliz por el alivio sentido, que hacía partícipes de mi dicha a todos mis amigos y, en mis cartas, les daba por estado constante de mi espíritu lo que no era sino una sobreexcitación febril.