Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Más tarde la encontré en otra ciudad donde también se hallaba la dama a quien amaba siempre sin esperanza. Un azar las hizo conocerse mutuamente, y la primera tuvo ocasión de conmover a mi costa a aquella que me habÃa desterrado de su corazón. De manera que un dÃa, encontrándome en un grupo social del cual ella formaba parte, la vi venir hacia mà y tenderme la mano. ¿Cómo interpretar ese acto y la mirada profunda y triste con que acompañó su saludo? Creà ver el perdón del pasado; el divino acento de la piedad daba a las simples palabras que me dirigió un valor inexpresable, como si algo de la religión se mezclara a las dulzuras de un amor hasta entonces profano, y le imprimiera el carácter de la eternidad. Un deber imperioso me forzaba a regresar a ParÃs, pero inmediatamente tomé la resolución de permanecer allà pocos dÃas y volver en seguida cerca de mis dos amigas. La alegrÃa y la impaciencia me dieron entonces una especie de aturdimiento que se complicaba con el cuidado de los negocios que debÃa terminar. Un dÃa, hacia medianoche, caminaba por un barrio donde se encontraba mi habitación, cuando, al levantar la vista por azar, advertà el número de una casa iluminada por un reverbero. Ese número era el de mi edad. Inmediatamente, al bajar los ojos, vi ante mà una mujer de tez lÃvida, de ojos huecos, que me pareció tener las facciones de Aurelia. Me dije:
—¡Es su muerte o la mÃa que se me anuncia!
