Aurelia o El sueno y la vida

Aurelia o El sueno y la vida

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II

Más tarde la encontré en otra ciudad donde también se hallaba la dama a quien amaba siempre sin esperanza. Un azar las hizo conocerse mutuamente, y la primera tuvo ocasión de conmover a mi costa a aquella que me había desterrado de su corazón. De manera que un día, encontrándome en un grupo social del cual ella formaba parte, la vi venir hacia mí y tenderme la mano. ¿Cómo interpretar ese acto y la mirada profunda y triste con que acompañó su saludo? Creí ver el perdón del pasado; el divino acento de la piedad daba a las simples palabras que me dirigió un valor inexpresable, como si algo de la religión se mezclara a las dulzuras de un amor hasta entonces profano, y le imprimiera el carácter de la eternidad. Un deber imperioso me forzaba a regresar a París, pero inmediatamente tomé la resolución de permanecer allí pocos días y volver en seguida cerca de mis dos amigas. La alegría y la impaciencia me dieron entonces una especie de aturdimiento que se complicaba con el cuidado de los negocios que debía terminar. Un día, hacia medianoche, caminaba por un barrio donde se encontraba mi habitación, cuando, al levantar la vista por azar, advertí el número de una casa iluminada por un reverbero. Ese número era el de mi edad. Inmediatamente, al bajar los ojos, vi ante mí una mujer de tez lívida, de ojos huecos, que me pareció tener las facciones de Aurelia. Me dije:

—¡Es su muerte o la mía que se me anuncia!


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