Aurelia o El sueno y la vida

Aurelia o El sueno y la vida

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—Son —me dijo mi guía— los antiguos habitantes de la montaña que domina la ciudad y sobre la que estamos en este instante. Largo tiempo han vivido, sencillos de costumbres, amantes y justos, conservando las virtudes naturales de los primeros días del mundo. El pueblo circunvecino los honraba y se modelaba a su imagen. Del punto donde estaba entonces, descendí, siguiendo a mi guía, hasta una de esas habitaciones altas cuyos techos reunidos formaban tan extraño aspecto. Me parecía que mis pies se hundían en las capas sucesivas de los edificios de diversas edades. Esos fantasmas de construcciones descubriendo siempre otros en que se notaba el gusto peculiar de cada siglo, me representaban el aspecto de las excavaciones que se hacen en las ciudades antiguas, excepto que aquí eran aéreas, vivientes, surcadas por mil juegos de luz. Me encontré al fin en una vasta estancia donde vi a un viejo trabajando ante una mesa en no sé qué obra de industria. En el momento en que yo franqueaba la puerta, un hombre vestido de blanco de quien distinguía mal el rostro, me amenazó con un arma que tenía en la mano, pero el que me acompañaba le hizo seña de alejarse. Parecía que hubieran querido impedirme penetrar el misterio de esos retiros. Sin preguntar nada a mi guía, comprendí por intuición que esas alturas y a la vez esas profundidades eran el retiro de los primitivos habitantes de la montaña. Desafiando siempre las olas invasoras de las acumulaciones de razas nuevas, vivían allí, sencillos de costumbres, amantes y justos, diestros, firmes e ingeniosos, y pacíficamente vencedores de las masas ciegas que habían invadido tantas veces su heredad. ¡Y cómo! ¡Ni corrompidos, ni destruidos, ni esclavos! ¡Puros, a pesar de haber vencido la ignorancia! ¡Conservando en la abundancia las virtudes de la pobreza! Un niño se divertía en el suelo con cristales, conchas y piedras grabadas, haciendo sin duda un juego del estudio. Una mujer de cierta edad pero bella aún, se ocupaba de los trabajos domésticos. En ese instante varios jóvenes entraron ruidosamente, como regresando de sus trabajos. Me admiré de verlos a todos vestidos de blanco; pero parece que era una ilusión de mi vista; para hacérmela sensible, mi guía se puso a dibujar sus trajes tiñéndolos de colores vivos, haciéndome comprender que así eran en realidad. La blancura que me admiraba provenía quizá de un brillo particular, de un juego de luz en que se confundían los tintes ordinarios del prisma. Salí del cuarto y me vi en una terraza dispuesta como prado. Allí paseaban y jugaban muchachas y niños. Sus vestidos me parecían blancos como los otros, pero estaban adornados con bordados de color rosa. Esas personas eran tan bellas, sus rasgos tan graciosos, y el brillo de su alma se transparentaba tan vivamente a través de sus formas delicadas, que inspiraban todas una especie de amor sin preferencia ni deseo, resumiendo todas las embriagueces de las pasiones vagas de la juventud.


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