Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida Las primeras hojas de los sicomoros me encantaban por la vivacidad de sus colores, semejantes a los penachos de los gallos de Faraón. La vista que se extendía sobre la llanura presentaba de la mañana a la noche horizontes deliciosos, cuyos tintes graduados gustaban a mi imaginación. Poblé los collados y las nubes de figuras divinas de las que me parecía ver distintamente las formas. Quise fijar mejor mis pensamientos favoritos y, ayudado por carbones y trozos de ladrillos que recogía, cubrí pronto los muros con una serie de frescos donde se realizaban mis impresiones. Una figura dominaba siempre las otras: Aurelia, pintada bajo los rasgos de una divinidad tal como me había aparecido en mi sueño. Bajo sus pies se movía una rueda, y los dioses le formaban cortejo. Llegué a colorear este grupo obteniendo el jugo de yerbas y flores. ¡Cuántas veces he soñado ante este ídolo amado! Hice más, traté de figurar con barro el cuerpo de la que amaba; todas las mañanas tenía que volver a empezar mi trabajo, pues los locos, celosos de mi dicha, se ingeniaban en destruir la imagen.
