Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida No puedo expresar el abatimiento en que me sumergieron estas ideas.
—Comprendo —me dije—, he preferido la criatura al Creador; he deificado mi amor y he aclarado, según los ritos paganos, a aquélla cuyo último suspiro fue consagrado a Cristo. Pero si esa religión dice la verdad, Dios puede perdonarme aún. Puede devolvérmela si me humillo ante él; ¡quizá su espÃritu nazca en mÃ!

Erré por las calles, al azar, preocupado por esta idea. Un entierro cruzó mi camino; se dirigÃa hacia el cementerio donde ella habÃa sido enterrada. Tuve la idea de ir allà sumándome al cortejo. Ignoro, me decÃa, quién es el muerto que conducen a la fosa; pero ahora sé que los muertos nos ven y nos oyen; quizá a éste le agrade verse acompañado por un hermano en el dolor, más triste que ninguno de los que lo siguen. Esta idea me hizo verter lágrimas, y sin duda creyeron que yo era uno de los mejores amigos del difunto. ¡Oh lágrimas benditas! ¡PlacÃa mucho tiempo que tu dulzura me era negada!
Mi cabeza se despejaba, y un rayo de esperanza me conducÃa aún. Sentà que tenÃa fuerza para rezar, y esto me regocijaba intensamente.
