Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida El sentimiento que resultó para mí de esas visiones y las reflexiones que me traían durante mis horas de soledad eran tan tristes, que me sentía como perdido. Todos los actos de mi vida me aparecían bajo el ángulo más desfavorable y en la especie de examen de conciencia al que me entregué la memoria me representaba aun los hechos más antiguos con una nitidez singular. No sé qué falso pudor me impidió presentarme al confesionario, el temor quizá de comprometerme a los dogmas y a las prácticas de una religión temible, contra ciertos puntos de la cual había conservado prejuicios filosóficos. Mis primeros años han estado demasiado impregnados de las ideas emanadas de la Revolución, mi educación ha sido demasiado libre, mi vida demasiado errante para que acepte fácilmente un yugo que, sobre varios puntos, ofendería aún a mi razón. Me estremecí al suponer qué clase de cristiano sería yo si ciertos principios adoptados del libre examen de los últimos siglos además de ciertos estudios de diversas religiones no me detuvieran en esa pendiente. Jamás conocí a mi madre; que había querido seguir a mi padre al ejército, como las mujeres de los antiguos germanos; murió de fiebre y de fatiga en una fría región de Alemania, y mi padre mismo no pudo dirigir a este respecto mis primeras ideas. El lugar donde fui educado estaba lleno de leyendas extrañas y de supersticiones extravagantes. Uno de mis tíos que tuvo la mayor influencia sobre mi primera educación se ocupaba, por gusto, de antigüedades romanas y célticas. Encontraba a veces en sus campos y en las cercanías, imágenes de dioses y emperadores que su admiración de sabio me hacía venerar, y de los cuales sus libros me enseñaban la historia. Un cierto Marte dorado, una Palas o Venus armada, un Neptuno y una Anfitrita esculpida encima de la fuente de la granja, y sobre todo el bonachón y gordo rostro barbudo de un dios Pan sonriente a la entrada de una gruta, entre los festones de campanillas y de hiedra, eran los dioses domésticos y protectores de este retiro. Confieso que me inspiraban entonces más veneración que las pobres imágenes cristianas de la iglesia y los dos santos informes del pórtico, en los que ciertos sabios pretendían reconocer al Esus y al Cernunnos de los galos. Desconcertado en medio de estos diversos símbolos, pregunté un día a mi tío qué era Dios.
