La Mano encantada

La Mano encantada

II. UNA IDEA FIJA

HAY ciertas gentes que sienten mayor simpatía por ésta o aquella cualidad excelsa o por una u otra rara virtud. Unas tienen en más alta estima la grandeza y el arrojo guerreros y sólo las complacen los relatos de las grandes hazañas bélicas; otras colocan por encima de todo el genio y las invenciones de las artes, de las letras o de la ciencia; otras se sienten más bien emocionadas por la generosidad y las virtuosas acciones encaminadas a socorrer a nuestros semejantes, desasosegándose por su salud, y ello por inclinación natural y temperamento de cada uno. Ahora bien: el íntimo sentir de Godinot Chevassut era el mismo del sabio Carlos IX, es decir, que no pueden establecerse cualidades más altas que el ingenio y la destreza, y que las gentes que poseen estas dos son las únicas dignas de que en este mundo se las honre y admire; y en nadie encontraba tan brillantes y bien desarrolladas estas cualidades como en la estupenda sociedad de los rateros, estafadores, descuideros y vagabundos, cuya vida generosa y sus singulares trucos se desenvolvían todos los días ante él con una inagotable variedad.




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