La Mano encantada

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III. LOS GREGÜESCOS DEL MAGISTRADO

YA dicho todo esto, creo que es el oportuno momento de descorrer la cortina, según era costumbre en nuestras antiguas comedias, y de dar un puntapié trasero al señor don Prólogo, tan enojosamente prolijo que ha sido necesario en el transcurso de su exordio despabilar tres veces las velas. Que se dé prisa, pues, a terminar, rogando a los espectadores, como Bruscambille, que «limpien las imperfecciones de su dicción con el cepillo de su sabiduría y reciban el enema de sus excusas en los intestinos de su impaciencia», y ya está dicho, y la acción va a comenzar.

La escena, en un salón bastante grande, sombrío y amueblado. El viejo magistrado está sentado en un amplio sillón esculpido, de retorcidas patas y de respaldo vestido con un tapetillo de damasco franjeado; está probándose unos gregüescos flamantes que acaba de llevarle Eustaquio Bouteroue, aprendiz del maestro calcetero Goubard. El señor Chevassut, anudándose las agujetas de los gregüescos, se levanta y se sienta continuamente, y de cuando en cuando le dirige la palabra al aprendiz, que, rígido como un santo de piedra, se ha sentado, accediendo a la invitación, en el filo de un taburete y mira al magistrado con azoramiento y timidez.


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