La Mano encantada

La Mano encantada

V. LA BUENAVENTURA

AL verse rodeado por una gran cantidad de público, el prestidigitador hizo unos cuantos juegos de manos que produjeron una bulliciosa admiración.

Verdad es que el buen compadre había elegido su sitio en la media luna con alguna intención y no solamente, y como parecía, para no interrumpir la circulación: de ese modo los espectadores sólo podían agruparse delante de él y no detrás.

Y es que el arte no era entonces ni con mucho lo que ha llegado a ser hoy día, en que el escamoteador trabaja completamente rodeado de público. Cuando terminaron los juegos de manos dio el mono una vuelta por el corro de la gente y recogió muchos cuartos, que con muy galantes reverencias agradeció, acompañando sus saludos de un grito parecido al chirrido del grillo. Pero tales juegos de manos únicamente servían de prólogo para otra faena muy distinta. Así es que el nuevo maese Gonin, con un exordio muy bien traído anunció que poseía por añadidura el don de adivinar lo venidero valiéndose de la cartomancia, de la quiromancia y de los números pitagóricos, cosa que en verdad no había con qué pagarla, pero que él, deseoso de favorecer al público, haría sólo por un sueldo. Y diciendo esto barajaba los naipes, que el mono, llamado Pacolet, iba alargando pronta y mañosamente a los que tendían la mano.


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