La Mano encantada

La Mano encantada

VI. CRUCES Y MISERIAS

ERA ciertísimo que Eustaquio Bouteroue iba a casarse a vuelta de poco con la hija del calcetero. Era él un muchacho muy sensato, muy listo para el negocio y que no empleaba sus ratos libres, como muchos jóvenes, jugando a los bolos o a la pelota, sino, por lo contrario, consagrábalos a la contabilidad, a la lectura del Bocage des six corporations y a aprender un poco de español, muy conveniente entonces para un comerciante, como lo es hoy el inglés por el gran número de ingleses residentes en París.

Convencido maese Goubard, a la vuelta de seis años, de la perfecta honradez y el excelente carácter de su dependiente, y habiendo advertido además entre su hija y el muchacho cierta inclinación muy virtuosa y ponderada, decidió unirlos el día de San Juan Bautista y retirarse luego a Laon, en Picardía, donde conservaba algunos bienes de familia.

Eustaquio carecía de fortuna; pero entonces no había costumbre de casar a un saco de escudos con otro saco de escudos; los padres frecuentemente consultaban los gustos y simpatías de los futuros esposos y se dedicaban a estudiar sin prisas la índole, el proceder y las condiciones de las personas destinadas a casarse. Muy distintos son los padres de familia de nuestra época, que exigen mayores garantías morales a un criado que a un futuro yerno.


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