La Mano encantada
La Mano encantada
ASÍ las cosas, aconteció que una tarde —era el día 12 o 13, desde luego, un jueves— Eustaquio cerró su tienda muy temprano, cosa que no se hubiese él permitido de no estar ausente maese Goubard, que se había marchado la víspera para dar un vistazo a su hacienda de Picardía, porque pensaba instalarse en ella tres meses más tarde, cuando su sucesor estuviese sólidamente establecido en el puesto y mereciera plenamente la confianza de los demás comerciantes y mercaderes.
Sucedió que esa noche el arcabucero, al volver como acostumbraba, encontró cerrada la puerta y las luces apagadas. Esto le asombró muchísimo, porque en el Châtelet no había sonado todavía la hora de cerrar, y como casi siempre, por regla general, volvía un poco animado por el vino, su contrariedad se tradujo en un terno que hizo estremecer en su entresuelo a Eustaquio, que aún no se había acostado, muy temeroso ya por la audacia de su resolución.
«¡Hola! ¡Caramba! —exclamó el otro dando una patada en la puerta—. ¿Acaso es fiesta esta tarde? ¿Es hoy acaso San Miguel, fiesta de los traperos, rateros y descuideros?».
Y golpeaba en la puerta con los nudillos de la mano cerrada; pero esto no inquietó nada a Eustaquio; fue como si alguien majara agua en un mortero.
