La Mano encantada
La Mano encantada
CUANDO despertó el joven pañero se sintió completamente desamparado de su valor de la víspera. No le costó mucho reconocer que había hecho el ridículo proponiendo un duelo al soldado, él que no sabía manejar más armas que la vara, con la que frecuentemente, en sus tiempos de aprendiz, había jugado a desafíos con sus compañeros en el campo cerrado de los Cartujos. Entonces no tardó en tomar la firme resolución de quedarse en casa y dejar que su adversario se pasease por el Pré-aux-Clercs luciendo su garbo y balanceándose como un ganso.
