La Mano encantada
La Mano encantada
EL pañero estuvo varios días sin salir de su casa, con el corazón oprimido por aquella muerte trágica que él había causado por unas ofensas bastante ligeras y por un medio reprobable y condenable lo mismo en este mundo que en el otro. Había momentos en que todo se le aparecía como un sueño, y si el jubón que dejó olvidado en el Pré no hubiese sido un testimonio que brillaba por su ausencia no habría creído en la exactitud de su memoria.
Una tarde, por fin, y para abrir los ojos a la realidad, se dirigió hacia el Pré-aux-Clercs haciendo como que iba a darse un paseo. Cuando vio el juego de bolos en el que se realizó el desafío padeció un mareo y tuvo que sentarse. Unos cuantos procuradores estaban allí jugando, como es costumbre suya antes de cenar. Eustaquio, cuando la neblina que empañaba sus ojos se disipó, creyó ver sobre el duro terreno, entre los pies separados de uno de los jugadores un gran reguero de sangre.
Se levantó convulsivamente y aceleró el paso para salir del paseo, siempre llevando grabado en los ojos el reguero de sangre que, guardando su forma, se le aparecía en todos los objetos que miraba de pasada, como esas manchas lívidas que durante unos segundos bailan ante nuestros ojos cuando los fijamos en el sol.
